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Rapa

Rapa das bestas: Plasticidad y tradición

Dijo el escritor gallego Manuel Rivas que “el ciclo todo de la fiesta de Sabucedo, en el que la rapa es sólo un capítulo, podemos verlo como un relato, una representación en la que cuentan a la par los seres humanos y los seres más portentosos del monte, los hijos del viento”. En este trabajo documental sobre la Rapa das Bestas hemos tratado de captar precisamente un relato, un diálogo entre hombres y caballos; entre los “aloitadores” (nombre que reciben los que se encargan de realizar la tarea de “rapar” a los equinos) y las “bestas” (término con el que se conoce en Galicia a los caballos salvajes que viven en el monte durante todo el año).

Es este un diálogo que se produce en el marco de una fiesta ancestral. La Rapa das Bestas se celebra desde hace siglos en la pequeña aldea de Sabucedo, un núcleo con apenas 20 vecinos censados, situado en la comarca de Tabeirós-Terra de Montes, en el corazón de Galicia, entre ríos y montañas, “carballeiras”, y diminutos prados verdes.

Para aquellos que no conozcan en qué consiste la Rapa, podemos decir que se trata de una fiesta declarada de Interés Turístico Internacional, y que cuenta con más de 400 años de historia. Los vecinos de Sabucedo mantienen comunitariamente una creencia, una leyenda que fija su origen en una gran peste que devastó la comarca. Cuentan que, en tal situación, dos hermanas ofrecieron a San Lourenzo, patrón de la parroquia, dos yeguas (“bestas”) de su propiedad, si las defendía del contagio. En el tiempo que duró la amenaza de la peste, las hermanas se refugiaron en una cabaña no muy lejana del pueblo, pues la huída era entonces considerada como el mejor remedio para no perecer. Pasada la epidemia cumplieron su promesa, dieron al párroco las yeguas, y estas, andando el tiempo, se multiplicaron por los montes próximos.

400 años después, la fiesta de la Rapa comienza cada año con “A Baixa”, la reunión de las “bestas” que viven libres todo el año en el monte de Montouto, para conducirlas hasta la aldea, donde permanecerán tres días. Las manadas se reúnen en el enclave de O Peón, para después ser conducidas a Sabucedo.

La parte más espectacular de la fiesta es el “Curro”, donde “aloitadores” y caballos confrontan técnica y fuerza, cuerpo a cuerpo, para inmovilizar al animal y cortarle las crines. Es la manera peculiar de “aloitar” (de cortar las crines) lo que diferencia la “Rapa” de Sabucedo, del resto de las existentes en Galicia. En Sabucedo no se usan más elementos que el propio cuerpo y la fuerza del “aloitador”. Además de pelar las crines del animal, los hombres aprovechan para desparasitar y marcar a los caballos.

Son muchos los conceptos que rodean a esta fiesta. La naturaleza, el respeto o el trabajo en común son algunos de ellos. Pero lo que la coloca como uno de los festejos tradicionales más retratados por los objetivos de las cámaras es su increíble plasticidad.

Es, precisamente, esta belleza plástica, con grandes dosis de colorido, la que hace que cada instantánea esconda un mundo interior, una vida propia. El verde de los montes, regados intensamente durante el invierno por la lluvia gallega. El sudor de los caballos, que hacen un enorme esfuerzo. El vapor que expulsan los pelajes cuando los días de “curro” vienen acompañados de lluvia. Todo ello hace de esta tradición un insuperable marco, también, para la creación artística.

Así, Sabucedo y su Rapa se podrían definir como un laboratorio de sensaciones, emociones y sentimientos. Un lugar y un momento donde el amor por los animales, la fraternidad entre “bestas” y personas, el sentir a los caballos como parte de la sociedad natural, hacen que la captura de una imagen en papel dé sentido al actuar del grupo.

La fotografía debe ser un elemento indispensable para la divulgación, entre el público, de los valores de esta tradición, así como de la necesidad de conservarla.

En este caso, como en tantos otros, las imágenes valen más que las palabras.

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